miércoles, 9 de agosto de 2017

Carta para ciegos




Las enviamos todas el mismo día. Con dirección y remitente. Antes estuvieron aquí, y siguieron llegando, se acumularon muchas y por eso decidimos devolverlas. Decían lo siguiente:
A usted estimada persona que tiene cosas por las que preocuparse en la vida:
He estado varios días meditando acerca del contenido de esta carta. Quería decirle que las cosas han cambiado demasiado estos últimos años. Me he preguntado: ¿De dónde eres? ¿Dónde vives? Me he servido de mis inquietudes para saber de ti, son todo sospechas. Si, alguna vez debiste haber sospechado de quien se sentó a tu lado en el parque, en el autobús, en la sala del cine, en el comedor de tu casa. Personas normales, comunes, cotidianas, ordinarias. Por supuesto que si hablamos de lo normal jamás saldremos de lo ordinario. Bien sabrás que ser extraordinario conlleva un riesgo. Lo primero es entendernos, es necesario lograr una sincronía con la casualidad, que no es más que un patrón azaroso. Luego debemos entender que todo está en su lugar, fuera de este, entre este, sobre este, bajo este; como si vibrara, en diferentes lugares simultáneamente. Imagino que escuchas la vibración, es sencillo escucharla si haces silencio, si te vuelves nadie para ti mismo.  Finalmente hay que conectarlo todo, los puntos, las comas, los silencios las ambigüedades y todo lo que parece estar allí sin tener un propósito.  ¿Ahora lo ves?
Siempre he querido contarle a alguien acerca de mi vida, tan extraña y tan sola. No te preocupes si al leer estas líneas te entristeces, me gusta estar solo. Disfruto el vació que me hace eco, esa es mi única forma de escucharme. No se puede estar perdido si tu lugar está en todas partes. Esto te lo digo sin ánimos de ofender, la felicidad que tanto buscas no es lo mejor. La felicidad se basa en todo aquello que te he dicho, en los puntos que convergen en tus labios para hacer una sonrisa, una risa, un gemido, un suspiro. En cambio, la paz es mucho mejor. Los puntos convergen, todos, no forman nada, pero lo forman todo, aceptamos y la paz es el centro de la convergencia. Cuantos han dicho que es tan complejo, muchos se han perdido por andar mirando las cosas muy de cerca, las cosas se los tragan.
Hace unos meses, cuando me sucedió lo que ya conoces, tuve la sensación de que la obscuridad era clara, y la claridad… bueno la claridad tiene al mundo ciego. Quiero compartir estas dudas que han nacido fuera de mí…. ¿Cómo es la vida allá fuera? ¿Adónde va la gente que no son yo? ¿Dónde están ellos? ¿Quién los acompaña? Estaría encantado en poder regalarte algo muy mío, algo perteneciente a las intimidades de mis intimidades, pero no puede ser. El límite de mi universo está más abajo que el cielo, quizás ni me sobrepasa. Desde el limite aprendo, de los otros, pero el límite es infinito, mi tiempo finito y la vida, es un universo que espera para retraerse y explotar. Todo lo que quiero decirte es que desconozco todas aquellas cosas que están fuera de mí, incluso las preguntas que aún no me hago.
El propósito final de esta carta es saber de ti, no de tu vida, no de lo que haces, no de todas esas cosas que te componen. Necesito tus convergencias, tus puntos de silencio, tus elucubraciones de palabras diseñadas para decir algo.  ¿Quién soy? Eso siempre ha sido una pregunta filosófica. Pero de ese soy, es de quien quiero saber, no es necesario saber que has llevado a tus hijos al parque, que has cenado delicioso, que estás en todas las redes sociales, que buscas quien te ame, que se murió tu padre o tu madre o tú. Solo necesito un eco resonando en el espacio, algo que me deje saber que más allá de mi universo no solo existe el vacío.  No es de interés lo que pienses, no debes pensar, debes sentir. No es de interés lo que crees, no debes tener fe. No es de interés lo que sucede, no sucede nada nuevo. Si es de interés la duda, aprender que la duda es la certeza de que siempre habrá más. Con mis dudas, eternas amigas que hacen de mi vida una mejor, me despido, no sin antes pedirte que, si esta carta te ha llegado por error, por favor devuélvela al remitente, eso alimentará mi duda y la duda me dará vida.

Estás eran palabras escritas en una carta que recibí, una y otra vez, siempre igual, las devolví. Comencé a dudar al ver que no podía ir más allá de la carta, sin darme cuenta, todo cambió, nacieron dudas con las que aprendí a vivir y convergí en la paz.

Gracias anónimo, por enviarme la carta.

viernes, 4 de agosto de 2017

Huevos para un omelette



“Las tortillas francesas se hacen con huevos rotos”
En la fiesta de cumpleaños del abuelo todos los familiares se reunieron. (1)
El autobús esta abarrotado, de desconocidos que se sientan juntos. (1)
La iglesia está llena de personas, castigadas. (1)
En el centro comercial, la cajera se tapa el tatuaje de los brazos. (1)
Tu lugar de trabajo está lleno de personas que conoces y que desconoces. (1)
Los carros a tu alrededor, mientras esperas que cambie el semáforo, psicópatas. (1)
En la panadería, el tipo que te hizo un omelette en la mañana. (1)
En este país, en todos, en la calle o detrás de una computadora. (1)
La persona de la que te enamoraste.  (1)
La persona que te ama. (1)
Sentados junto a ti, hablando por teléfono. (1)
Escribiendo para ti.  (1)
=12
Huele, tenemos un olor particular, podrías oler nuestras intenciones, como puedo oler las tuyas.  Debes detenerte o serás uno de nosotros. Estuvimos en todas partes, ahora solo estamos aquí, llenando un solo lugar, dejando todos los demás espacios vacíos, algunos por un rato, otros por siempre. Pero antes de estar aquí, encerrados, estuvimos allá afuera, junto a ti.  



jueves, 27 de julio de 2017

La toalla


Hay toallas llenas de baba de bebé.
Toallas mojadas, secas, manchadas, blancas, de colores.
Hay toallas sucias en los hoteles, llenas de sangre, de ira y golpes.
Toallas para la menstruación.
Hay toallas manchadas con semen.
Hijos que no nacen y la gente que se muere.
Toallas para el sudor, para el espanto, para los ricos, para los pobres.
Hay toallas para que los boxeadores se limpien la cara o la tiren a la lona.
Toallas criminales.
Para matar, para secarlos, para hacerles un nudo, tal vez para evitarlo.
Hay toallas para la playa, para tumbarse en la arena.
Toallas astutas, más inteligentes que cualquiera.
Hay toallas ásperas, rectangulares y estampadas.
Con violencia, con sombras, con amores…
Toallas siniestras, toallas cansadas, para secarse los pies, las manos y la cara.
Hay toallas para todo, para los hijos, para las madres, para los abortos, para las comadronas, para los ladrones, para las señoras, para los limpios, para los sucios, para los que no han nacido, para el que llora, para el que sueña, para el que añora, para el listo, para el tonto, para el viejo, para el joven, para el importante, para el ignorado, para el relevante, para el rechazado…
Hay toallas, para limpiar nuestras historias.
Todo esto, solo porque hay fábricas que hacen y venden toallas.  

martes, 25 de julio de 2017

Cuatro locos y un sartén



Sentados, los cuatro, observando hacia el frente, con la mirada perdida o quizás sumergida en una ironía, no decían nada. El miedo, los locos no tienen miedo, el miedo es para los cuerdos, para aquel que tiene que reprimir algo, es para aquellos que tienen que morderse la lengua hasta sangrar, mientras le rascan los pies que apestan con una pluma de cisne. Con la movilidad presente, sin amarras para atarlos, discutían sin hablarse.

1: Los elefantes, siii grandes elefantes, hicieron un nido en la azotea. Siempre tan tontos, lo más correcto sería hacer sus nidos en los árboles, si en los árboles, siiii como lo hacen los elefantes burgueses, que con sus trompas se comen la fruta y cuando nacen los polluelos elefantitos con sus trompas laaargas y grises, aplastan el árbol.  La migración, se han quedado sin hábitat los elefantes, por eso ahora vuelan hasta las azoteas.

2: Los huevos de rinoceronte son mejores, los cuelgan de las telas de araña y las arañas no se los comen, porque son muy graannndes y se indigestan. No hay nada peor que una indigestión con huevos de rinoceronte.  Pero yo nunca he tenido problemas del estómago, supongo que me caerán bien, la radiación a mí no me ha afectado, un poco si en eso de la visión doble, pero cuando cierro los ojos no se me nota. Cierra los ojos, ciérralos, no lo veas, no veas lo que te molesta y come huevos de rinoceronte antes de que la cría rompa el cascarón con su tórrido cuerno o lo que sea, dibuja los problemas estomacales, como el hambre que nos come vivos.  

3: ¡UUUUU! Los románticos. Nada tiene mejor sabor que un huevo romántico, a veces vienen como los de elefante con trompa y no es porqué están enojados, es porque la trompa también se come. Mi madre decía que nooo, esos huevos de elefante son veneno. Debe ser cierto, una vez mi padre se comió un huevo de elefante con trompa y mi madre se desquició.         Ahora mismo no sé qué odia más, si a los huevos, a los elefantes o a las trompas, porque ella tampoco volvió a comerse una.  Pero el romance, los huevos enamorados del aceite…. ¡Qué sabor! Los refritos saben a odio y el odio sabe a pan y el pan a migajas y las migajas a pobres y los pobres, los pobres no saben a nada. Se los digo yo que he comido carne de elefante y… carnes verdes.

4: Los huevos, llevan tantos años consumiéndonos la vida. Son los culpables de tooodas las desgracias, por eso las mujeres siempre han sido mejores. Mi papá decía que nadie cocinaba huevos como mi madre. Eso sí que eran huevos y no solo de amor, tenían yema de colores, de azules pálidos. Que huevos los de mi madre para soportar a mi padre. Pero las hadas, siempre pensando en ellas, todo bien, todo bien, secuestremos a los inoportunos, secuestremos a la guerra, la maldad, y la paz; todas se hunden en el pozo.

1: ¿Qué? ¡El sartén! Quiere que cocinemos algo, lo dice en el humo, mira. Humo negro que huele a guerra, quizás me quieres sugerir que me prepare unos huevos presidenciales. No sé… a veces… intento creer que los días duraran mucho y que podré saltar en un sartén lleno de aceite. Me asusta el aceite, me asustan los aviones, el terrorismo, la crisis. El calor del aceite, aumenta, me quedo pegado al sartén mientras una espátula me quiebra la espalda, el caos, la locura y todo el mundo me ve, me ven con sus ojos de luz mecánicos, los ojos que tienen en las manos, ojos blancos que me observan, ahora, luego, por siempre, nunca. Los observaré mientras me miran, estás ahí, lo sé.

2: Mentira, todo mentira, las arañas se comen los huevos y luego los escupen en pequeñas arañitas indigestadas por el olor del cadáver. Los que se fueron, nunca han regresado, han dejado los sartenes rebozando sobre sus lápidas tibias. Los huevos también se han ido, se han quedado sin pollitos, sin elefantes, sin crías. Debería volver a mi cascarón, allí no hay miedo. ¡SHHHH! El miedo no existe, me lo comí esta mañana mezclado con la tocineta de un cerdo judío o jodío, no entendí la etiqueta. Y los ratones se pasan comiendo huevos de cigüeña, extinguen el futuro, serán condecorados héroes por el mundo animal. Animales ciegos, no lo ven, nos encierran como si fuésemos bestias, si, si, si, si, tú también eres cómplice, nosotros sabemos que no estamos locos.

3: Huevos de mentira, todos los días, todos los días, por eso estamos tan delgados, nos estamos quedando en los huesos. Estaría mucho mejor si alguien nos diera un huevo de verdad, con todo y su cascarón. Los huevos de ahora vienen en plástico, la barbarie, huevos gigantes de dinosaurios extintos, lo dijeron en la televisión, debe ser cierto.  No debemos echarles sal, la sal se nos acumula en los riñones y con la ira se nos entumece el estómago, y ellos lo descubrieron. Los elefantes sobre los árboles, saben que los huevos de mentira con sal nos cierran el hambre y la vista. Si es que tenemos ojos, hace mucho que no los veo cuando me miro al espejo.

4: Debemos comer huevos de pobre, esos sí que son fáciles de robar. Si les pagásemos algo por ellos seguiría siendo un robo. Debemos dejar a todo pobre sin huevos, así de paso los exterminamos, estoy seguro de que en eso piensan los elefantes y los rinocerontes. Si dejamos a los pobres sin huevos, no podrá haber más pobres y seremos todos rinocerontes o elefantes. Estoy muy inquieto, me asustan las alturas, los llanos, las montañas…me asusta que el hambre me coma desde adentro.


Los cuatro se sirvieron del huevo que le habían robado al elefante de la azotea. El sartén observaba a los cuatro locos disfrutando su comida. Se puso de pie y dijo: “está es la última vez, dejemos que ellos jueguen ahora”.

jueves, 20 de julio de 2017

La escoba de una ama de casa

En la Casa de las escobas, Luna siempre se pasaba jugueteando con su hermana, barriéndole los pies para que no se casara. No te vas a casar, le decía una y otra vez sin saber que Rogelia nunca iba a necesitar de un hombre que la sacara adelante. Luna se sintió muy mal el día de su boda, se sentía culpable por haberle barrido los pies a su hermana y por haberse casado antes que ella. Rogelia le decía que no se preocupara que la culpa no era de ella, sin embargo, Luna se enfadó cuando recibió el humilde regalo de Rogelia. Fue tan mal agradecida que Rogelia tomó la escoba que le había regalado y la llevó a su tienda. La Casa de las escobas, fue el negocio familiar, tenía en su destino ser heredado al miembro de la familia que no se casara.  Luna se fue lejos con su esposo luego de la muerte de sus padres y Rogelia se quedó a cargo de la tienda.
Con el pasar de los años Rogelia se convirtió en doña Rogelia, una señora encantadora que vendía las mejores escobas que las personas pudiesen imaginar. Ella siempre decía que las escobas no eran simples escobas, aunque algunas si lo eran. A la tienda iba todo tipo de personas, conserjes, magos, brujas, vendedores de aspiradoras y mujeres casadas. Había una escoba para cada cliente, pero solo una, las escobas de su tienda eran las mejores. Las escobas más vendidas eran para barrer los pies, las muchachas iban a escondidas, como si fuese un pecado no casarse.  La venta más exitosa fue la que doña Rogelia le hizo a una mujer que decía ser la esposa feliz. Así era como la conocían todos, era una mujer sencilla, siempre caminaba con una postura recta, los hombros a nivel, elegante. Doña Rogelia se sorprendió cuando la vio entrar a su tienda.
-Tardó mucho usted en venir por su escoba. –Le dijo con familiaridad.
- ¿Perdone?
- Si, la escoba que usted viene a buscar hoy está esperando por usted desde hace mucho, creo que por aquí la tengo.
- ¿Podré volar con ella?
- Eso depende, las escobas voladoras son muy pretenciosas, necesitan un igual. La escoba hará el trabajo que la bruja esté dispuesta a hacer.
Doña Rogelia hizo entrega de la escoba. Al tocarla, la cliente engarrotó sus dedos y su nariz se hizo curva, pero al abrir la puerta para salir, iba elegante como la esposa feliz que era.
En otra ocasión llegó a la tienda un hombre divorciado que había conservado toda su fortuna. El mismo día un muchacho estaba en la tienda. 
-Una escoba para mi asistenta, por favor. – Dijo el hombre.
-Una escoba para pies. –Dijo el joven.
-Tu no necesitas eso, los hombres podemos andar por ahí con varias mujeres sin casarnos.
- ¿Quién le pidió su opinión? Usted puede barrer su casa, no necesita de una asistenta. ¿Es usted manco?  
Doña Rogelia trajo una escoba, y les dijo que casualmente la escoba que ellos querían era bilingüe. Ellos no entendían nada, pero ella les explicó que la escoba no era para ellos, cuando se ha visto tal ironía, las escobas siempre son para las mujeres.   Y como esta escoba es para la misma mujer, el primero que la use tendrá lo que necesita. La trifulca que se formó fue grandísima, la situación fue tan intensa que doña Rogelia los golpeó y de un escobazo cayeron al suelo.  Más tarde una joven llegó asustada, cuando entró a la tienda encontró a su jefe y a su novio tirados en el piso. No te preocupes, le dijo doña Rogelia. Le entregó la escoba diciéndole que no era muy común ver hombres en su tienda, no es culpa de ellos, de otros tal vez, si el perro es el mejor amigo del hombre, la escoba es la mejor amiga de la mujer y, ya que la escoba era para ella, era ella quien debía decidir cómo usarla.
Entrado el siglo XXI, Doña Rogelia había repartido todas las escobas. No quedaba ninguna en la sección de despedir el año, ninguna en el área de bodas, y las de barrer pies estaban agotadas.  Doña Rogelia, decidió cerrar el negocio de las escobas. Las últimas dos se vendieron el mismo día de la clausura del negocio. La primera se la vendió a un hombre que detestaba las visitas, básicamente se la regaló y le dijo que para que fuese efectiva debía colocarla con las celdas hacia arriba, detrás de la puerta, eso haría que las personas que lo visitasen se fueran. Luego de vender esa, Doña Rogelia, se acercó a la puerta para cerrar por siempre, pero una señora de piel pálida, se lo impidió.
-Regresaste por tu escoba. –Dijo doña Rogelia.
- Si, por la escoba que me regalaste para mi boda, con la que te barría los pies. - Dijo Luna.
- No sabes lo mucho que me alegra verte.
- ¿Me darás la escoba?

Doña Rogelia le dijo que ya no era necesario, las escobas nunca fueron nada, todo eran supersticiones. Nadie hace algo por una escoba, las escobas no son objetos mágicos, no tienen sexo y mucho menos son capaces de evitar un matrimonio. Si doña Rogelia no se casó, fue porque quiso ser libre y terminar de una vez por todas con el negocio de las escobas. Al fin al cabo doña Rogelia sabía más de la vida, de hombres, de mujeres, de problemas, de sexo, de personas, de niños, de viajes, de libros… que de escobas. Las dos hermanas cerraron la puerta, y al final de la tienda, detrás de una puerta abierta, quedó por siempre la última de sus escobas, una escoba que no barrió para nadie. 

martes, 18 de julio de 2017

Reverenciando a las ovejas


Llegado el amanecer los comandantes observaban, vanagloriaban y reverenciaban lo logrado. Nada hubiese sido posible sin la invención y el riesgo que enfrentó Ambrosio. Si bien es cierto que pocos sabían de su trabajo en las granjas, de alguna forma el gobernador de la provincia se enteró y pensó que un experto en animales de granja era la persona más indicada para mantener cautivos a los delincuentes. Sin lugar a dudas la provincia estaba destinada al fracaso.  Cada día la criminalidad aumentaba, tanto así que llegó el momento en que hubo más delincuentes que civiles. Fue por eso que los comandantes de guerra hicieron lo necesario para lograr encarcelar toda la provincia, todos juntos, buenos y malos.  A la larga la decisión tomada agravó el problema, siendo la maldad una enfermedad de contagio rápido, toda la provincia se infectó del mal, o de injusticia.  La provincia entera terminó rodeada de cercas, para que nadie escapara. La angustia invadió al gobernador cuando la provincia, básicamente, desapareció del mapa, nadie visitaba el lugar, ni los turistas, ni los comercios, solo algunos extraños que dejaban en las cercanías a algunos delincuentes. En vista del horror que representaba una cárcel gigantesca el gobernador determinó eliminar la cerca. La acción fue llevada a cabo al instante, pero tan pronto se aflojaron los primeros alambres, hubo un incidente de fuga.
Cuando el absurdo intento de eliminar la cerca falló, llamaron a Ambrosio, quien era un desconocido, pero también era el único granjero que tenía todos los animales libres por la granja sin que estos se le escaparan. Consciente de que las personas no eran animales, Ambrosio informó al gobernador que no iba a ser tan sencillo como en la granja y que iba a necesitar mucho dinero para lograr su cometido. El gobernador no objetó nada, tal vez por desespero, pero cuando Ambrosio le dijo que iba a necesitar que se construyera una torre enorme en medio de la provincia, los ojos se le engrandecieron y se le fueron a blanco. Cuando recobró la conciencia, suspiró profundo, varias veces y dio la orden. La construcción fue llevada a cabo por la mano de obra provincial y mientras construían la torre, el gobernador se consolaba diciéndose a sí mismo, que la torre, al ser tan alta, llamaría la atención y todos irían a verla.
Cuando la torre estuvo lista, el comandante del ejército visitó la provincia y quedó sorprendido. La torre era monumentalmente alta y obscura, era imposible ver hacia adentro y desde adentro se veía hasta la parte más remota de la provincia. No obstante, y conteniendo los instintos ante la sorpresa, los comandantes le exigieron una explicación al gobernador. Él les comentó su decisión de eliminar las cercas. Los comandantes replicaron de inmediato, eso es imposible, la cerca es lo único que los retiene. Ambrosio interrumpió la réplica diciendo: “no es cierto, no necesitamos una cárcel para ser retenidos, se puede hacer con una luz, con un dolor, con miedo, con una necesidad, con lo más irrelevante que se pueda imaginar”.  Sin decir más, Ambrosio fue internado en la cárcel o sea en la provincia.
Al entrar, entre todos acorralaron a Ambrosio, querían lincharlo por tener a todos los ciudadanos encerrados, ovejas y lobos, todos juntos. Mujeres, hombres, niños, niñas y ancianos, corrieron con todo tipo de armas para matar a Ambrosio, quien llegó hasta un pequeño callejón sin salida.  Silvio, uno de los jóvenes, tiró a Ambrosio al suelo y le colocó un cuchillo en el cuello. Silvio le preguntó cuánto le había pagado el gobernador por encerrarlos.  “¡Dos millones!’’’ Dijo Ambrosio y Silvio apretó el cuchillo contra la garganta hasta hacerlo sangrar. Si no llega a ser porque Ambrosio gritó que le habían pagado para quitar la cerca, Silvio le hubiese desparramado toda su sangre por el suelo.
Con una herida profunda pero no muy grave, Ambrosio se organizaba.  Pasó unas semanas escondido preparándose.  Mientras tanto el gobernador pasaba los minutos angustiado, cada vez que pasaba un día y la cerca seguía puesta, tres canas le aparecían en la cabeza. Pasadas las semanas, Ambrosio se rodeó de nuevos y viejos amigos: Ernestino, su mejor amigo de la infancia, Arturo, un convicto de robo, Paco, mecánico de profesión, y Gilberto, prestamista convicto por fraude. A estos los había convencido de escapar, les había dicho que había engañado a los civiles de la provincia diciéndoles que iba a trabajar para quitar la cerca, que por eso su vida estaba en peligro, porque obviamente, quitar la cerca era imposible. Convencidos de que el escape planeado por Ambrosio era posible, se las arreglaron para salir durante el día y a la vista de todos.
Pero el gobernador no soportó la ansiedad, las canas casi le cubrían toda la cabeza y una vez al día, cuando miraba por la ventana, sus ojos perdían la pupila. Esa misma noche mandó a remover todas las cercas, “si se escapan, que se escapen”. Al amanecer, todos los ciudadanos fueron a buscar a Ambrosio para festejar el haber cumplido su palabra, la cerca ya no estaba. Buscaron a Ambrosio por todas partes, hasta que lo encontraron. Aunque muchos estaban contentos, el escape no se había llevado acabo, por tanto, aún tenía algunas cuentas pendientes, en especial la de Ernestino, quien tenía problemas para asumir la traición.  Cuando Ambrosio apareció le dijo a su grupo de escape que si no había cerca eran libres. “No es cierto”, le dijeron. Entonces fue cuando informaron a Ambrosio de lo sucedido. Durante el festejo, algunos se sintieron liberados e intentaron pasar por donde estaba la cerca, y de la nada, como picadas de hierro, les atravesaron la cabeza, desparramando todos los sesos por el suelo a merced del calor y las moscas. Los disparos fueron certeros y provenientes de la nada.  Ambrosio replicó diciendo que los disparos habían provenido de la torre, de la parte de arriba, de seguro había guardias listos para disparar, vigilando sin ser vistos.
En efecto eso era lo que sucedía. Ambrosio analizó todas las posibles escapatorias, durante dos años trató de escapar, todos los intentos fueron fallidos, el único compañero que le quedó fue Ernestino. De todos los intentos, el último fue el peor. La población entera estaba segura de que si alguien podría escapar ese sería Ambrosio, si él lo lograba, todos podrían hacerlo.  
El último intento ocurrió en la noche, iban ocultos, entre las sombras, aprovechando la gran trifulca que se dio ante una explosión que hubo cerca de la plaza principal, cercana a la torre. Todos los guardias estaban allí, por lo que supusieron que la torre estaba vacía. Corrieron de prisa, con cautela, cuando llegaron al límite, se oyeron disparos. Al día siguiente el sol alumbró los dos cuerpos, muertos, recostados sobre el suelo manchado de sangre, cubiertos con un saco negro, vacíos de vida.  Toda la provincia posó sus ojos sobre la morbosidad de los cadáveres hasta darse cuenta de que definitivamente no había escapatoria.
 Años después, la provincia se hizo una comunidad próspera, encerrada, pero próspera. Los habitantes se resignaron a ser buenos, el crimen desapareció, de vez en cuando una pelea sencilla que se disolvía por el miedo.  Se hacía fiesta para celebrar los escasos visitantes que llegaban. Uno de los mejores festejos se hizo el día que dos ancianos llegaron y se quedaron mirando fijamente la provincia. Entraron por la majestuosa entrada principal que se construyó, luego de la muerte del gobernador, y en el límite donde estaba originalmente la cerca. Era una entrada, un recordatorio.  Mientras celebraban la llegada de los dos ancianos, un joven había sobrepasado los límites, colocando sus huellas fuera de la cárcel. Él no sabía que fuera de la provincia, la vigilancia estaba mucho más avanzada, pero fue el primero de muchos en tomar el riesgo, pero en aquel momento en el que el joven huía, uno de los ancianos, que lo vio, le dijo al otro: “te lo dije Ernestino, algún día alguien se iba arriesgar sin saber que la intención siempre fue morirnos  para  que la torre vigilara vacía.”

jueves, 13 de julio de 2017

Los ciegos


Conocí a Germán cuando entramos juntos al primer grado, una amistad profunda, pero muy sencilla. Lo más peculiar que tenía Germán, era su familia. Era numerosa en exceso, y él era la esperanza de acabar con el mal que los asediaba a todos. La primera vez que visité su casa me sorprendió ver que ninguno veía, no es mentira, todos andaban espantando fantasmas con sus manos, divisando los muebles, evitando golpes. Según el doctor que recibió a Germán durante el alumbramiento, toda la familia era paciente de una condición de ceguera hereditaria, que se traduce en que nada está fuera de lo normal al momento del nacimiento, pero luego resulta que están ciegos.  Es por eso que los padres de Germán se preocuparon tanto cuando el doctor les dijo que su hijo se veía tan normal como todos los demás de la familia. Los primeros años de vida de mi amigo fueron algo difíciles, sus padres no tenían idea o no podían ver que Germán veía, lo criaron como a un invidente.  Le enseñaron a distinguir por el tacto, le agudizaron el oído y el olfato y le enseñaron a manejarse en los lugares. Lo más curioso de todo fue que nunca se dieron cuenta de que Germán no falló en nada de lo que le enseñaron hacer. Siendo sinceros, no he conocido familia más absurda. Germán llegó a la escuela con su bastón de color blanco y rojo, dando golpes por todos los pasillos, siempre se sentaba en el pupitre para izquierdos, porqué era zurdo igual que yo.  A la hora del almuerzo una asistente la ayudaba con la bandeja. No hablábamos mucho, la primera vez que entablamos una conversación seria fue a los quince años. Fue ahí cuando empezó a contarme todo de su vida, su mal de amores, las locuras de su familia, las cosas que le gustaban, lo que odiaba comer... La conversación y revelación de secretos fue recíproca, la anécdota más graciosa que me dijo fue   que él no entendía porque en su casa prendían las luces si ellos todos eran ciegos. Me hizo reír mucho lo irónico de la situación, pero más curiosidad me causó el saber cómo Germán sabía que las luces estaban encendidas. No tuve que esperar para corroborar lo que me parecía cierto, lo que hasta un ciego vería.
 Siempre íbamos juntos a almorzar, de esa forma yo lo ayudaba a cargar la bandeja y a acomodar sus cosas, pero ese día no pude ir a la misma hora porque estuve entregando un trabajo que se me había atrasado. Cuando llegué al comedor casi no había fila, Germán me estuvo esperando, pero como no aparecí, se adelantó. Una muchacha de mi grupo de clases, lo ayudaba con la bandeja y los libros. Lo acompañó hasta la mesa, colocó la bandeja y la mochila en una silla. Le quitó el bastón de la mano a Germán y lo recostó de la mochila, pero de inmediato este se resbaló y cayó al suelo. La chica se agachó para recogerlo y conforme se doblaban sus rodillas hacia abajo, el cuello de German se contorsionaba en posición de mirar. Cuando llegué a la mesa, lo confirmé, le estaba mirando el culo a la chica. Eso no fue evidencia suficiente, cuando nos graduamos Germán aún era ciego.  Fuimos a la misma universidad y nos hospedamos juntos, allí me pasaba leyéndole acerca de lo que le interesaba. Un día comencé a leerle y decirle cosas que estaban totalmente alejadas del tema. Me dijo que estaba leyendo mal, eso no podía estar escrito allí. Le quité las gafas obscuras que regularmente usaba e hice como si fuese a golpearlo, entonces se echó para atrás.  Insistí en que veía, y acerté.  Por primera vez me explicó lo que sucedía y entendí que no podía leer porque sus padres solo le habían enseñado Braille, que de hecho no lo sabía leer con la mano, sino que reconocía los puntos cuando los veía en el papel. Tardó bastante en aprender, pero luego su sed de lectura fue imparable.
En su casa las cosas permanecían igual, todo era realmente absurdo y la situación no iba a mejor. Un fin de semana acompañé a Germán a su casa. Cuando llegamos, no había nadie. Estaba todo muy callado, pasado el poco tiempo su madre apareció con la mano extendida preguntándole a Germán si era él. Le dijo que sí, que era él, y le pidió reunirlos a todos para decirles algo importante. Cuando la familia se reunió completa casi no cabían en la sala, entonces sin pensarlo dos veces les dijo que él podía ver. La familia de Germán recibió con júbilo la noticia, realizaron hasta una fiesta para celebrar que por fin un miembro de su familia tenía el sentido de la visión.
Cuando terminamos la universidad nos separamos, yo me quedé en la capital y Germán regresó a casa de sus padres para ayudarlos a ellos y a su familia. Abarrotó la casa de libros de todo tema y comenzó a leerles a todos sus familiares, quería compartir su visión con todos.  En poco tiempo la casa de los ciegos se convirtió en la librería de los hostiles. Cada vez que se cruzaban con Germán había discusión. Cuando no era por haber cuestionado a Dios, era por política, y si no porque eso se había hecho siempre así y no había una mejor forma, o por tradición, o por que el padre era el jefe de la casa, o porque es necesario tener siempre la razón. Germán, que nunca dejó de ser cariñoso, intentaba explicarles con el mayor amor del mundo que eso eran acontecimientos y opiniones que había que evaluar porque tenían su validez, aunque no fuese así siempre. Lo importante era abrir los ojos del corazón y la mente para poder ver la inmensa variedad de cosas que conforman el mundo. La familia lo rezagó por completo y la situación se volvió irritante. Dejó de leerles, al fin y al cabo, aquella era su casa y era su deber respetar.

 La tarde en que sonó el timbre de mi casa, a la última persona que pensé ver al abrir la puerta era a mi amigo Germán. Lo saludé efusivo, pero su cara no dejaba de reflejar desconcierto. Le pregunté qué sucedía y me dijo que de todas las cosas que le habían pasado con su familia está era la más inexplicable. Germán había llegado a la casa para preparar la cena del día de acción de gracias, aprovechó que la casa estaba vacía y preparó todo, acomodó la mesa e hizo un banquete de primera. A la hora de la cena la casa se había quedado aún más vacía, se sentó a esperar, pero pasó demasiado tiempo y todo empezó a tornarse hueco. Hizo silencio y recordó todas aquellas agudezas de sus sentidos, cerró los ojos y lo escuchó, el eco. Se movió por la casa hasta llegar al sótano donde encontró a toda su familia viendo televisión, leyendo revistas de amor, moda, religión y política; celebrando con regalos el día de acción de gracias. Aún recuerdo la lágrima que bajó por su rostro cuando me dijo: “No querían ver, eso era todo, realmente el saber que yo veía no les alegró, al contrario, querían que fuera como ellos.”  Sin decir nada lo abracé fuerte, para mitigar de sus ojos la ceguera que vieron.