martes, 13 de noviembre de 2018

La migración de algunos




Recuerdo aquella tarde en que liberé al canario que estaba en la jaula del balcón. Nadie en mi familia quiso hablarme por al menos una semana. Y todos se enojaron conmigo por hacer lo correcto, yo debería estar enojado con ellos por privarle de libertad a aquella hermosa ave. El canario cantaba, revoloteaba en su jaula cunado veía a otras aves posarse en el barandal del balcón. Todos en mi familia amaban las aves, aunque siempre fueron egoístas, ellos querían tener toda la belleza del ave enjaulada.  Yo recuerdo cuando el canario aún era un polluelo. Estaba encubado en una pequeña caja de cartón tapizada con papel del periódico de ayer. Allí creció alimentado con una jeringuilla, tomando agua de una tapa de galón de leche. Cuando ya aleteaba, le cortaron el vuelo. Luego de eso, vivió en la jaula. Lo más parecido a una rama que el canario había visto, era el pequeño columpio que colgaba de uno de los alambres de los que estaba hecha la jaula.  Recuerdo aquella tarde en que liberé al canario que estaba en la jaula del balcón, porque esa misma tarde me fui de casa, pero antes de irme, agarré la puerta de la jaula y la descuajé de los alambres. El canario voló, aun me parece estarlo viendo. Sin embargo, me sorprendí el día que mi familia volvió a hablarme. Ellos me dijeron que entendían lo que hacía y que debía seguir mis sueños, hasta me invitaron a cenar y acepté. Volví a casa, a esa casa de la que migré como ave en invierno. Allí estaba, cantando y lo peor de todo, la jaula seguía sin puerta.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Más abajo de la orilla





Volvió a hacer así con la manita y el otro volvió a contestar. Entonces Melodía sintió un súbito entusiasmo y un amor indecible por el otro negrito. Y se fue a buscarlo”.
José Luis Gonzales
(En el fondo del caño hay un negrito)


Y recuerdo a Melodía que se fue a buscar al otro negrito que se veía reflejado en el mar. Pobre Melodía. Pobre de mí que también me he querido lanzar a buscar en el mar mi reflejo. Esos viajes en barco sin ancla, de isla a isla, matan a uno, lo enloquecen. Yo he visto gente jugando con su reflejo en el fondo del caño. Ya adultos los he visto saltar en busca de su propio Melodía. He estado por retirarme de esto hace años, pero no hallo como dejar a esos que me heredaron al futuro.  Yo nací en Puerto Rico, inscrito en el hospital, con documentos y todos, de madre puertorriqueña y padre dominicano ¿o era al revés? Pero yo me metí a esto por ellos, por el recuerdo, por lástima con aquellas tortugas de mar volteadas sobre la arena, que aletean, pensando que el cielo es el mar. Y porque todos tenemos derecho a estar mejor. Siempre oprimidos, los unos sobre los otros. Yo los traigo de noche. Navego en el mar con los ojos cerrados. Ya me conozco las corrientes. Llegamos a la isla antes de que el sol despierte las calles. Nos escurrimos como cangrejos en la arenosa maleza. Siempre huyendo. Sin documentos, como si fuésemos un código de barras. Eso me dicen los pasajeros de este último viaje. Ya quieren desmontar las olas para empezar a vivir. Estas fueron las últimas personas que traje yo hasta la orilla. Desde hace unas semanas descanso en el mangle, en la orilla del caño, mirando mi reflejo y pensando que ese otro yo quiere traspasar el agua y secarse lo pies.
          F. JaBieR

martes, 6 de noviembre de 2018

Bienvenida tía Marcia




Todos salimos a buscar a tía Marcia, llevábamos años sin verla. Mis padres fueron los primeros en alegrarse por la noticia. Es que esa parte que tía Marcia se llevó de la familia nos hacía falta, aunque fuese por el tiempo de vacaciones. Y cuando la familia se quiere, como se quiere la nuestra, no falta quien se ofrezca para ir al aeropuerto. Llegamos allí antes que el avión. Y que sorpresa nos llevamos cuando vimos llegar a titi Marcia con sus hijos. Todos estábamos ilusionadísimos, nos los comimos a besos y abrazos. Que alegría fue verlos de nuevo. Cuando llegó el momento de volver a casa todos querían que se fueran con ellos. Tía Marcia tenía 7 carros disponibles para llegar a casa de los viejos. Yo me llevé a los nenes. Iban en la parte de atrás del carro jugando con mis hijos. Eso se rieron por el camino. Disfrutaron todo el viaje. Cerca de nuestro destino, pero aun con un tramo considerable por recorrer, como íbamos en caravana, nos estacionamos en un restaurante bar para comer. Estábamos ya pidiendo par de tragos cuando nos dimos cuenta.  Siete carros fueron a buscar a tía Marcia, y ella no venía en ninguno de ellos. Allá estaba, en el aeropuerto, la dejamos plantada como una flor de jardín. Uno de mis primos se devolvió de inmediato al aeropuerto, para esa época no había celulares como ahora. Cuando llegó allá no la encontró. ¡Qué desespero! No sabíamos que hacer. No nos quedó de otra que ir a casa de los viejos y dejar los nenes allí para ver si podíamos localizarla. Llegamos y allí estaba tía Marcia. Tuvo suerte, los vecinos andaban en el aeropuerto y la trajeron más que contentos. Así es la vida señores, así es como nos reímos cada vez que nos acordamos del gentío que fue a buscar a tía Marcia y ninguno la trajo.  
F. JaBieR

martes, 30 de octubre de 2018

Microcuentos de otros miedos / Micro stories of other fears



“Poderoso caballero”
          El poderoso caballero se fue para esta misma fecha. La familia quedó abandonada. Y ese temible monstruo que es el hambre, comenzó a comérselos desde sus propias tripas.

Noche obscura
          Lo que conocemos por cielo no existe. Solo es un reflejo de la luz que acaricia la capa externa del planeta. Sin embargo, la noche, con su profunda e inmensa incertidumbre, es lo más cercano a la verdad.

Maniquí
          Estaba en la vitrina asechando. Ella no dejaba de mirar. Dio varias vueltas antes de tomar una decisión. Entró a la tienda. El maniquí se desnudó lentamente, como queriendo poseerla y así fue. Ella salió con un vestido idéntico al del maniquí. Ahora, con el dinero que no tenía, amedrentaba la vitrina de los zapatos.

4to error
          A su cuarto error lo nombró Mateo y lo quiso mucho.

Montaña asur
          El miedo se la comió cuando él le mostró el anillo. Ella, aterrada, se adjudicó dislexia y dijo que no. Fue lo único que se le ocurrió.

Politono
          Su celular llevaba años sin sonar. Solo vibraba como vibran las señales de radio o el ardor de las señales de humo. Los teléfonos lo asustaban. No fue de toda la vida, solo desde el día que recibió la mala noticia.

Por los muchos
          Él salió a tomar como cada viernes. Su juventud era temeraria, lo alejaba a él por muchos días, en cambio a ella, que fue su casa, que salió de ella antes de saber usar una puerta; ella se acercaba a la ventana. Con la mirada en el cielo rezaba ansiosa por verlo regresar.

El peligro del vértigo
          Justo ese momento en el que vas a caer y no te caes, tu imaginación se aterra. ¿Y si te caes?

Exit
          ¿Adónde salgo si el afuera es tan peligroso como el adentro? Nunca me contestó, tal vez porque lo tenía amordazado.

Día después
          Llegaron con la cara pálida. Estaban tan lánguidos que la farmacéutica casi llama a una ambulancia. Pidieron la pastilla. Algo se había roto. Algo no estuvo bien medido. Ansiosos, esperan que funcione.

Halloween
          -Sí, no sabe usted lo que es trabajar en una tienda de disfraces. Todo el mundo ocultando su rostro para hacer fechorías.
          -Dígamelo a mí, usted sí que no tiene idea de lo que es trabajar con políticos.

La última nueva vida
          Ella, una mujer nigeriana, negra, extranjera, en una tierra de desconocidos. Debía tenerlo en los genes, años después, aún sin razón, ella andaba asustada.

F. JaBieR

viernes, 26 de octubre de 2018

Horror night



Cuando la noche se hizo obscura, la criatura salió. No tenía ojos, pero veía. No tenía pulmones, pero podías escucharla respirar. Yo estaba aferrado a la esquina de la cama. Sabía que la criatura esperaba mi sueño. Y su corazón era mi desvelo. Cada noche. Escuchaba los latidos zumbar bajo mi cama. A veces, cuando el sueño terminaba por vencerme, despertaba y la sábana estaba en el suelo, desgarrada. Cada día era más aterrador que el anterior. El miedo me carcomía. Sin poder hacer nada. Nadie me creía, nadie nunca me creyó lo que pasó aquella aterradora y esquizofrénica noche. La lluvia no cesaba. La luz de los rayos alumbraba mi habitación por segundos. Estaba todo obscuro, excepto por los escasos segundos.  Una vez más sentí los latidos bajo la cama. Los corazones latían a la par. El mío de miedo, el de él de ansias. Sentía que algo se agazapaba bajo mi cama. Se alistaba para atacar. Yo, lleno de miedo, me enroscaba en la esquina, lejos de la orilla de la cama. Poco a poco, la sábana se fue halando. La agarré con mis manos para detenerla, para arroparme y esconderme a esperar mi destino. Aun así, perdí la sábana  cuando cayó al piso.  Subiendo despacio por el borde de la cama, vi una mano. Una garra. Unas uñas largas y siniestras que pretendían desgarrar aquello que tuvieran en frente. Yo estaba en frente. La criatura se incorporó en su cuerpo deforme. Me miró con la cuenca vacía de sus ojos. Vi mi propio miedo en aquel obscuro vacío. Escuché el masculla de sus dientes. Estaba listo y se acercaba, respirando aire caliente que no salía de su deforme pecho. Acercó sus dientes negros a mi rostro. Él no tenía aliento. Aun así, escuchaba el zumbido de su corazón. Entonces me atacó, pero antes cayó al suelo. En mi mano aun sostenía sus entrañas, las cosas que le quedaban. Me agaché y comencé a masticar, poco a poco, hasta que no quedó nada. Ni siquiera una razón para creerme.