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lunes, 16 de julio de 2018

Mi-crocuentos



El momento exacto
-Si mi vida fuese a ser relatada de alguna forma me gustaría que fuese un microcuento. Serían pocas palabras, tal vez algo confusas… el resto de la historia estaría en la mente del lector, y en ese momento exacto, entenderíamos, que el grueso de una historia no se mide en sus palabras.


Momentos
Millones de momentos atrás, llegué a la vida. Momentos atrás, pero no tantos, pensaba en cómo decirles esto. Hace muchos momentos, esta vez bastantes, tuve la oportunidad de contar historias, en esos momentos, que ahora son pasado, contaba lo que me venía a la mente, sin propósito alguno. En cambio, ahora, en este momento, escribo con intención, con la intención de que este momento sea nuestro, tuyo y mío.

Yo
Hablar de mi no es algo que me guste, sin embargo, lo hago en exceso. Durante años he dejado las cosas escondidas a simple vista, para que nadie las vea. En cambio, hoy estoy hablando de mí, de las cosas que hago, como un mago revelando un secreto. Bueno, tal vez, por alguna razón no confiamos cuando un mago explica el truco, probablemente porque pensamos que ese es el truco. Quizás todo se relaciona con la biología, en el caso de una metamorfosis. ¿Qué hay de la oruga cuando está en la crisálida? ¿Qué es en esos momentos en que aún no es mariposa? ¡Puros efectos bioquímicos! Diría yo, pero no lo sé con certeza.  Aun así, hay algo dentro de la crisálida, hay algo detrás del truco de un mago, hay algo detrás de lo que creemos es una explicación del truco del mago… bueno siempre hay algo más, nuestros ojos y sentidos, atentos a lo que no vemos, al truco, a la explicación que puede ser un truco o a todo el acto de magia del cual salimos perplejos.  ¿En que estábamos? ¡Ah! Hablando de mí…
Me encanta el ajedrez, el tablero está lleno de opciones, de piezas puestas en su lugar y movidas estratégicamente, excepto por la pieza de la reina que es una total rebelde. Y el ajedrez es todo un proceso bioquímico, todo un truco que tiene fe en que del sombrero saldrá un conejo y no una serpiente venenosa (que igual sería sorprendente). Nos sorprenden las cosas que no entendemos, las cosas que parecen milagros y los nacimientos, como el mío que ocurrió hace más de 20 años y sorprendió al doctor cuando mi pie se encajó en la costilla de mi madre. Él no lo podía creer, pero lo hizo, y se inventó un truco para sacarme. Bueno, no lo inventó, solo recreó algo que ya estaba inventado. Pero igual era todo impredecible, fue el truco del conejo en el sombrero.
Ah… y volviendo a mi…. Que puedo decirles, sufro fiebre de estrellas. Ellas están allá quemándose a millones de años luz, procesos químicos sostenidos en el anti gravitacional universo, en el espacio, en el lugar donde las lágrimas flotan, donde el sonido de una sonrisa no se detiene. Tan maravilloso es el espacio, que lo miras y te ves diminuto ante la inmensidad de un todo, obscuro y brillante como un velo mágico que oculta el truco, que oculta en una crisálida las químicas de la futura mariposa.
Y… ¿Qué quería decirles? No lo recuerdo, pero lo descubriremos en el camino, sonreiremos juntos y seremos parte del truco de magia, de las estrellas, de la química de la mariposa, del susto de un conejo que sale del sombrero y ve que todos lo miran.

Evolución
El pez primitivo nadó por la orilla. Años después, quedaron marcadas en la arena seca, las huellas de su caminar. 

Cambios
Cambiemos juntos, a la orilla del mar, con la sal sacudiendo nuestra piel, con el viento golpeando las olas en nuestras mejillas. Cambiemos y dejémonos sorprender.
Felicidad
He sido feliz desde hace mucho, me encanta la variedad de los momentos, disfruto de lo cambiante de la vida. –¡Ven! - una nueva aventura nos aguarda, es el momento, una vez más.
F. JaBieR

martes, 10 de julio de 2018

El niño importado



Ellos sabían de antemano que sería una tarea ardua, más que ardua, mezquina. Tanto así que habían preparado algunos sobornos con anticipación, no tanto por voluntad propia, más bien, fueron sugerencias inocentes que soltaron al aire los abogados. Se enfrentaban a una adopción trans-oceánica, a sacar a un niño del seno de su mundo para traerlo a una tierra hostil. Por supuesto, los padres adoptivos no eran ningunos fulanos, estaban a la altura de los Fonalledas y de hecho los futuros padres también eran dueños de un centro comercial.
Desde allá arriba, trepados unos metros más arriba del vértigo, comenzaron los trámites para importar al niño a la isla. La legalidad iba a tomar tiempo, decían los abogados. El niño nació un 23 de julio y sin saberlo ya tenía su primer boleto de avión comprado. Los padres aterrizaron en Taiwan dos días antes del parto, se aseguraron de tener todos los papeles a mano. Cuando nació el niño lo cargaron en brazos, lo arrullaron y aguantaron las ganas de salir corriendo con él y que le perdieran el rastro.  Quizás eso fue lo que debieron haber hecho, robarse al recién nacido taiwanés y no dejar rastro, así no lo hubiesen retenido. El hospital se quedó con el niño para hacerle algunas evaluaciones médicas, tal vez jurídicas, quizás una analítica de leyes flexibles para exigir más documentos. Así fue, se tramitaron un millón de documentos diferentes, se demoraron las aprobaciones y el niño casi cumplió su primer año.
El suministro de sobornos se agotó y el dinero, que antes era un exceso para lujos, comenzó a ser menos excesivo, tuvo que ajustarse a los consumos únicamente necesarios. Lograron la adopción del niño, antes de abordar un avión y dejar todo a la izquierda del tiempo, decidieron permanecer allí por un tiempo, lo que es la técnica del pez en la bolsa puesto en la pecera. Cuando se acostumbraron el uno a al otro, cuando la conexión del cariño estuvo en su punto, volaron de regreso a América.
Antes de arribar a la isla, el avión hizo escala en la gran masa de estados unidos, se posaron como una mosca en el borde de una taza de café vacía. El viaje de regreso fue retrasado, revisaron los papeles de los tripulantes, buscaron un microscopio para leerlos, para hacer la búsqueda de detalles minuciosos. Allí estaba, un error, un maldito y mezquino error, escondido a la luz de una línea sin firmar. En fracciones de segundo, la mosca vomitó en la taza de café y se fue volando con el niño, de regreso a Taiwan.
Los padres tuvieron que permanecer en América, sin llegar a su isla, a su familia, al consuelo de los abrazos y las palabras reconfortantes. Los abogados los apoyaron por un desinteresado, pero no gratuito honorario. Gastaron más del dinero que podían en trámites y luchas en el juzgado, lo perdieron todo. Mientras ellos luchaban, el niño permanecía en una casa de adopción en su país, sin apegarse a alguna familia, sin conectar con alguien del lugar. Solo quedó un último intento para aquella familia, todas las partes se reunirían y la decisión la tomaría un juez.
El día del juicio ellos vieron al niño, quien no los reconocía, pero no podía dejar de mirarlos. Los trámites estaban al día, pero por alguna razón no permitían la entrada del niño a la masa de los estados, ni a sus territorios. El juez empezó temprano, se presentaron los casos, las evidencias, los documentos y todo lo que fue necesario. La decisión final estaba cerca y todos veían en los ojos del juez el contundente no. El mallete iba a resonar con el fin de una familia, pero alguien intervino. La posible madre gritó: “¡un momento!”. Se puso de pie y caminó y miró al juez frente a frente. Sacó de su bolsillo un sin fin de recibos de compra de tiendas muy patrias de la nación consumista estadounidense. A la vista de todos se bajó los pantalones y le enseñó al juez la etiqueta que decía: “made in Taiwan”.  “Podemos usar la ropa que ellos hacen, podemos aprovecharnos de su trabajo, de su cansancio, de la explotación de sus vidas, pero no podemos darle amor y la bienvenida a uno de ellos”. El veredicto cambió cuando sonó el mallete. Aquella misma noche mis padres y yo, nos convertimos legalmente en familia.

martes, 3 de julio de 2018

La paradoja de la teletrasportación


Se concentró, durante horas miró fijamente a la pared. Él sabía que podía lograrlo, al menos estaba convencido de que sería así. Fue su sueño desde niño, poder trasportarse usando solo su mente. Las horas de intentos se agruparon en días, los días en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Nunca pasó nada, solo el tiempo le pasaba por encima de un lado a otro. Pese a sus largos ratos de concentración no dieron resultado, no tuvo otro remedio que reducir el tiempo de práctica a solo unas horas al día. El tiempo que pasaba sin mirar la pared era grandioso, viajó, conoció personas, se tiró en paracaídas, hizo todo lo que pudo por sentirse vivo…pero el final de cada día era siempre la misma escena: él mirando concentrado hacia una pared. En un momento de frustración, por no lograr su sueño, el amor llegó a su vida. Él no podía creerlo, su vida había tomado un sentido diferente, se sentía feliz, enamorado, elevado a otra dimensión, pero igual, cada noche la mirada concentrada se fijaba en la pared. El amor se hizo más grande, tanto que decidieron unir sus vidas para siempre. Iba a ser difícil explicar esa costumbre, porque ya se había convertido en costumbre, mirar a la pared fijamente cada noche, queriendo traspasarla, queriendo desaparecer de la vida misma y fugarse a través de su propia mente, de sus propios pensamientos.  Pero el amor distorsiona muchas cosas y hace cómplices, pero él prefirió dedicase solo al amor, a ser feliz, a disfrutar de la compañía, a emprender una nueva vida para adornarla de momentos variados y no solo de miradas fijas a la pared. Se prometió que aquella noche sería la última vez que lo intentaría, por qué en el fondo, algo de esperanza se le quedaba anclada en alguna parte. Miró a la pared, por más tiempo de lo usual. No pasó nada.  Guardó la silla en la que se sentaba a practicar. Con algunas lágrimas en los ojos se fue a la cama, estaba triste y feliz al mismo tiempo, un abrazo consolador lo acogió toda la noche, se sintió amado, hasta que se quedó dormido. A la mañana siguiente despertó, miró a su alrededor, se dio cuenta de que nada le perecía conocido, era un lugar diferente, se sintió más alegre que nunca, aunque no sabía si iba a poder volver.

viernes, 29 de junio de 2018

El corazón de la manzana




Todos decían conocerlo. Lo saludaban al verlo, le preguntaban por la familia, por la salud, por sus logros y por algunas otras historias y anécdotas. Él a veces se asustaba, era todo muy por encima. Aun así, se daba a conocer, se prestaba al cariño de las personas. Todos hablaban cosas buenas de él, tal vez algunos malos comentarios por algunas rarezas, pero nada superaba los buenos comentarios. En las fiestas todos se divertían, bailaban, cantaban y festejaban con él. Fue en una fiesta, precisamente, donde conoció a María Luisa quien llegó a conocerlo más que nadie. Pasó gran parte de la vida a su lado, lo conoció joven, experimentó con él todos los cambios del tiempo y reafirmó lo que todos demás decían conocer de él. La mayor parte del tiempo, él era de todos aquellos  que lo conocían, excepto por unas horas que se encerraba en su alcoba y se ocultaba del mundo, las miradas e incluso de sí mismo. Todos los que lo conocían, incluso María Luisa, ignoraban lo que él hacía encerrado en aquel cuarto. Él día que murió, María Luisa abrió la habitación. La encontró vacía, solo eran cuatro paredes capturando el aire y una alfombra cosechando polvo, pero la viudez no le sentó bien a María Luisa, que sentía haber perdido su más conocida y mejor compañía. Dejando huellas y queriendo salir adelante recogió todas las pertenencias de su esposo y allí estaba, a la vista de todos. Todas sus pertenencias tenían algo único, algo que jamás había visto. Las pistas la llevaron a buscar bajo la alfombra, donde encontró un maletín lleno de papeles. Los leyó uno por uno. Parecían manuscritos platónicos, aristotélicos, visiones del mundo distorsionadas por las perspectivas, radiografías que dejaban a la vista la desnudez de todos los órganos. Ella no había visto nada igual, ni siquiera alcanzaba a comprender algunas de las cosas que había allí escritas, se le escapaban de la mente como agua vertida en una cubeta rota por todas partes. Ella estuvo allí por primera y única vez, en el corazón de la manzana, donde dormía el gusano. Cuando terminó de leer todos los papeles se dio cuenta de que nadie lo conocía. En un desenfreno, tal vez de locura, tal vez desespero o desconcierto, comenzó a masticar todos los papeles, los metió en su boca uno por uno, durante varios días, hasta que se los comió todos.

martes, 26 de junio de 2018

Salmo 23 y ¾





Ese señor es mi pastor y a él nada le faltará.
Entre los verdes “Washingtones” podrá descansar,
pues mi sudor a su reposo conduce.
Restaura mi alma,
adormece mis sentidos de conciencia,
para ganar popularidad.
Cuando su valle está en sombra, nos vende la palabra gratuita de Dios,
se dice el elegido y se esconde en su mansión.
El pastor protege de los lobos, el diezmo de las ovejas.
Su vara y su cayado han fundido varios herederos.
Ha pasado en la mesa, en la cama, en el suelo,
ungidas con perfume,
con la copa rebosando y demonios exorcizando.
Ciertamente, se sabe todos los trucos, mañas y astucias,
Muchos lo seguirán disque a la casa del Señor,
pero ese mi pastor, viaja en jet privado a donde quiere aterrizar.
Amén.

F. JaBieR