martes, 18 de septiembre de 2018

La errata de los espíritus


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Desde pequeña mi mamá me instruyó en la mentira, en el engaño. A los 7 años ya sabía cortarles el pescuezo a las palomas y extirparles los ojos a las cabezas para usarlas en los rituales. A los 12 ya estaba bajo la mesa preparando los efectos especiales que mami me mandaba a hacer. Todos venían a visitarla, el nombre de doña Tomé era famoso en el barrio y en todo el pueblo. Hasta de otros pueblos venía gente a buscar la sanación por medio de los espíritus, a ver su futuro en las cartas y a exorcizar sus peores miedos. La casa se pasaba llena, y mami Tomé tenía todo preparado, siempre cobraba antes de empezar y dejaba caer algunas monedas al suelo para que así yo supiera que era momento de encender el cannabis junto con el incienso. A veces, cuando dejaba caer monedas, estás se iban por un agujero que tenía el piso y luego, cuando ya no quedaba nadie, era que yo podía bajar y meterme bajo los pilotes de la casa a buscar las monedas.  En ocasiones bajé antes a buscar las monedas, cuando el ambiente estaba brumoso me colaba bajo el mantel, metía mis pequeñas piernas en el agujero y me dejaba caer bajo la casa. Cuando mami Tomé sentía a los espíritus muy tranquilos, levantaba el mantel muy despacio y se asomaba bajo la mesa. Cuando me veía buscando las monedas me enviaba una mirada fulminante y me hacía subir con más fuerza que un embrujo. Vi a mami Tomé hacer todo tipo de curaciones, aprendí el oficio, pero jamás me fijé en las personas que iban excepto una vez. Cuando entró al cuarto mami Tomé me había metido bajo la mesa, pero yo levanté el mantel un poco y vi como mami Tomé se le acercaba con un par de yerbas en las manos. Era una mujer alta, vestida con elegante atuendo gris, con un pañuelo rojo adornándole el cuello y unos zapatos de tacón que la hacían elevarse sobre las zapatillas rotas de mami Tomé. La mujer se sentó, mami Tomé le agarró las manos, le agarró el dinero y dejo caer un billete. Era un billete con un numero inmenso, 50… cincuenta billetes de uno reunidos bajo una sola cara. Jamás había visto algo así. Comencé a encender el incienso mágico, mientras veía el billete escurrirse por el agujero del piso. Tuve intención de ir a buscarlo, pero mami Tomé lo sospechó y me dio un puntapié antes de que se pasara la idea por mi mente. Me quedé escuchando lo que se conversaba sobre la mesa, aquella mujer quería saber si algún día iba a tener hijos. Mami tomé le dijo que jamás, y me hizo señal para que prendiera un olor que saltara lágrimas. A la mujer se le aguacharon los ojos, pero se fue tranquila.  Desde el momento en que se fue yo supe que quería ser como ella, pero mami Tomé dijo que esa mujer tenía peligro y cuando lo dijo, a mí se me erizaron todos los vellos del cuerpo y a ella también. Mami Tomé, no quiso que yo fuese así, pero al tiempo, luego de insistirle, me envió a la escuela. Desde entonces sus clientes llegaban a la casa en la tarde, cuando yo podía meterme bajo la mesa para hacer mis trucos.  Meses más tarde, cuando ya estaba aprendiendo hacer como aquella mujer, ella regresó. Volvió y esta vez con una barriga enorme. Cuando entró a la habitación yo ya estaba bajo la mesa.  Prendí los inciensos mágicos y mami Tomé se acomodó la falda para hacerle frente. Discutieron, la mujer empujó a mami Tomé. La escuchaba decir que Mami tomé era una mentirosa farsante. Ante la acusación coloqué sobre la mesa dos ojos de paloma. La mujer no notó mi presencia, pero mami Tomé se dio cuenta e intento utilizar la brujería y los ojos de paloma a su favor. La mujer declaró que ante la predicción de mami Tomé, que aseguraba que era una mujer estéril, ella dejó de tomar el medicamento para impedir los hijos, luego de eso, descubrió que no era estéril. Su ignorancia le costó mucho a mami Tomé, porque esa misma tarde, esa misma mujer, frente a los ojos de una paloma despescuezada, le disparó a mami Tomé. La mujer se fue y mami Tomé cayó al piso como una moneda. La atrapé en mis brazos y la lloré con las lágrimas quebrantadas de mi alma rota. Luego de sufrir el amargo tormento, prendí los inciensos para dejarme llevar por los espíritus, su espíritu que ahora revoloteaba por toda la habitación junto con los otros que ella invocaba. Despacio le quité el pañuelo, pensé atármelo al cuello, pero lo amarré en mi cabeza. Tomé su falda y la apuntillé a mi tamaño. Recogí las yerbas que tenía en sus manos y las olí, probé un buche del ron que se metía a la boca, la acomodé y despacio la dejé deslizarse como un ángel caído por el agujero del suelo. Con los ojos de paloma sobre la mesa, un par de caracoles y una mano de barajas, me senté a esperar al próximo cliente.  
F. JaBieR

viernes, 14 de septiembre de 2018

“Parquea”





Parquea’- (del inglés parking): Se refiere a estacionarte en un sitio quepas o no.

Desde mi apartamento se ve la calle, para suerte o desgracia, veo cada día como las personas se estacionan a la orilla de la acera. Que eso suceda tiene varios inconvenientes. Cuando hay carros estacionados a ambos lados de la carretera, el camión de la basura no cabe. La última vez el chofer del camión nos voló los tímpanos con la bocina. Como no aparecía ningún dueño, uno de los vecinos salió de la casa y le gritó al chofer: “síguelo por ahí pa’ bajo y llévatelos tos’ de frente, ahí se supone que no se estacionen.” Eso me sonaba como una solución muy viable, pero bueno, se las ingeniaron para salir de la emboscada de autos. Luego de eso se avisó a la policía. Esa semana fue un festival de multas por estacionarse en el lugar indebido. Puesto un parche al problema de los autos en los dos lados de la calle, viene otro asunto que es de niveles cósmicos: estacionarse entre dos carros. Definitivamente eso es lo primero que te examinan en la prueba de conducir. En el examen debes estacionar el auto sin tocar los conos…. En definitiva, en este país las licencias de conducir se regalan. He observado con mucha frecuencia dicho suceso. Hombres y mujeres, aunque tengo que admitir que, estadísticamente, las damas superan en número a los caballeros.  El auto marca la señal indicando que va a estacionarse, los demás pasan por el lado, porque la cortesía de esperar se la metieron por el trasero hace mucho. En el primer intento se mete muy adentro, se trepa en la acera. En el segundo, se pega demasiado del otro carro. En el tercero, está casi bien acomodado, pero olvidó enderezar la rueda y ahora debe sacar todo el carro y empezar de nuevo. Para los que aún persisten puede haber varias opciones. Se va un carro y ellos caben cómodamente. Siguen un poquito pa’lante y poquito pa’tras. En la mayoría de los casos se van, no siguen intentando, se rinden. Tal vez eso es lo que nos pasa en el fondo, nos vamos a estacionar entre dos autos y la ansiedad del que va detrás y no te deja estacionar te perturba, quizás sea que no se práctica lo suficiente. También es probable que la prueba de conducir sea deficiente y las licencias se obtienen por tras mano.... ¿Dónde habré escuchado eso? Por alguna razón creo que nadie dudaría la veracidad de la expresión. Eso es lo que me entristece, que ya nos acostumbramos al caos y dejamos de intentar, dejamos de aprender a estacionarnos bien entre dos autos y eso es solo una de las cosas que hemos dejado de intentar. Las otras rendiciones, son aún peores.


martes, 11 de septiembre de 2018

El día de un par de zapatos




Ella se levantaba a la carrera, de prisa, todos los días. El amanecer le subía la adrenalina a flor de piel, porque si se dormía un poco, si tomaba el sueño por los 5 minutos más anhelados, perdía la guagua. Se plantaba en la parada antes que el sol, fresca como flor rociada con sal, sal de mar, sal de prisa, sal de calor. La guagua llegaba más o menos a la misma hora, a las 5:30am, a las 5:55am, ya estaba buscando la llave para abrir la puerta de la casa de los señores. Empezaba preparando el desayuno de ejército. La familia era grande, en muchos aspectos, grande como la casa que habitaban. Y los niños la saludaban con afecto, tal vez porque crecieron con ella, o quizás por el sabor caribeño de su comida. Lo más seguro era eso, porque ella dejaba su negrura bámbula, en el rico olor del desayuno. Cuando preguntaban sobre comida hogareña a los niños, ellos describían un sabor cargado de historia, de sazón, salteado con curry y hogazas de mar. La madre no cocinaba, podía pagar a una mujer que se pasara el día de pie cocinando, para empezar.
Luego tenía que seguir con la casa, tres pisos con habitaciones adornadas para el lujo, para el lujo de los lujos. Ella limpiaba de prisa, la ansiedad le perturbaba el tiempo, la hacía tropezar, y a veces, dejar sin limpiar algunas cosas. Para el medio día la casa estaba impecable, bueno, lo justo. La señora le pagaba y raras veces le dejaba una propina que no sobre pasaba los cinco dólares. Con todo y polvo, de haber sido rebajada al suelo, ella tenía que levantarse y salir corriendo, para a la 1pm, estar en otra casa.
Allí empezaba por la cocina, porque en este país se entra por la cocina, se estaciona en la cocina hasta que todos se abastecen. De allí a limpiar, a tropezarse con los saltos del tiempo, a inundarse con el polvo los pulmones, que con más frecuencia se fatigan. De prisa, todo de prisa. Aún le faltan dos casas.
Corre avenida abajo, sin descansar más que en los semáforos en verde. Llega pasadas las 4pm. Prepara la cena, porque la dueña, una señora lo bastante enferma para no poder caminar, es atendida por la enfermera en lo que hierven las viandas y el bacalao. La comida se hace, ella pasa una escoba y luego un mapo casi seco, está agotada. Aún le queda prisa, le resta el tiempo para alcanzar la guagua. Va por la acera, ve la parada y ve la guagua que está a punto de arrancar. El chofer arranca, ella queda en el punto ciego del retrovisor, no la ven. Ella corre, pero no avanza, porque no corre, trota. Se mueve arrastrando el peso del día, sus pies de plomo, forjados con cansancio y trabajo, con venas que laten a punto de explotar. Alguien alcanza a verla, le grita al chofer y ella logra subirse. Se sienta, descansa su cuerpo sobre el trabajo de otro, el chofer, que quiere llegar a su casa, está cansado, y en la ruta, la deja a ella una calle más abajo. Ella aún tiene prisa por llegar, aún le falta una casa. Llega, abre la puerta, está en su hogar. Deja los dólares arrugados sobre la mesa de la entrada. Se sienta con prisa en el sofá, lo desea demasiado, lo necesita en extremo. Se quita los zapatos. ¡Ahhhh! Exhala. Su casa, esa la limpiará otro día.
F. JaBieR

martes, 4 de septiembre de 2018

La grieta


Entré al paseo por la entrada principal, un tótem grande y hombruno da inicio a la gran fila de tiendas cerradas. Este pueblo no es como antes, aunque de cierta forma lo sigue siendo. Hay menos tiendas, eso es evidente, pero aún entre las puertas cerradas se percibe esa sensación de territorio inexplorado. Han construido un semi-techo a lo largo de todo el Paseo de Diego, su diseño es como un colador lleno de agujeros, lo que básicamente lo convierte en algo inútil que no sirve ni para el sol ni para la lluvia, pero se ve bonito. Las palomas se posan en el borde y comienzan a llenar el suelo con su pequeña pero mal oliente caca. El inútil techo llega hasta donde era la tienda Capri. También cerraron esa tienda, la dejaron en el abandono, convertida en un terreno baldío, en un espacio abierto para dejar las jeringas ya usadas e infectadas. Después de lo que fue Capri, la vida se reinventa. Al costado una tienda de ropa interior extranjera, económica, casi desechable. Del otro lado de la acera “La nueva era”, una tienda de ropa para niños y caballeros, que se extiende repetidamente en varios locales distintos. “La nueva era” no se moderniza, más bien nos rodea junto con las tiendas de 99 centavos. Hay algunas otras tiendas. Tiendas que colectan en sus ventas la tristeza misma de una vida confusa. Miro un escaparate, sin cristal. Cuelgan del techo unas enormes alfombras polvorientas. Cualquier cosa puede haber tras las alfombras de diseños horrorosos que se despintarían con el agua. Tras ellas hay sillones, sillones para una sala, una cocina, un cuarto, un comedor, un baño… todo a la misma vez entrando en desorden por los ojos, junto con la ropa bien perfilada pero descocida por los filos interiores.  Un hotel abandonado, al cruzar la calle, el antiguo cine del que solo queda el concepto de antigüedad. Una iglesia que está siendo remodelada, a sus puertas, un señor enano y en silla de ruedas, pide limosna. Realmente no la pide, simplemente se sienta con su vaso allí, el mismo conoce su lástima, conoce bien como es ser mirado con lástima, con pena. Desde que yo era pequeño él está en las mismas. “¡El señor ya viene!”- grita un hombre con su gran altoparlante desde una esquina. “¡Llévese su pantalón barato, todo en liquidación!”- Grita una mujer desde la puerta de la tienda.  Por un costado viene un tipo vendiendo perfumes robados. Me detengo, estoy frente al quiosco de las gorras. Las miro a detalle, el símbolo de Nike, está en la dirección opuesta y el de Puma, tiene cuatro patas. Mientras me compro una mentira, un señor en la puerta de Me salvé intenta vender lentes de contactos de colores. Tiene las muestras de los colores en un cartón que recuesta sobre un carrito de compras. Coloca una canción muy cristiana, la canta a todo pulmón, mientras compite con el bullicio, con el predicador, con el vendedor de perfumes, con la mujer del escaparate… todos ingeniándose la supervivencia. Compro la gorra y me detengo un momento muy corto a mirar los lentes de contacto, la música cristiana hace eco, me pregunto por qué. Sigo el sonido, y me doy cuenta que proviene del carrito donde están colocadas las muestras. Para mi sorpresa, hay muchas cosas dentro del carrito. Hay películas piratas, baterías marca diablo, aguacates, botellas de agua… todo a la venta. Camino calle arriba, veo el correo que parece estar fermentado por los años. La farmacia, más lustrada que los zapatos que limpió el zapatero en la plaza del mercado.  Allí está, el olor es fácil de reconocer. Huele al salpicar caliente del aceite sobre la plantilla de maíz. El olor hierve, se esparce, se mezcla con todo. “Dos pastelillos y un jugo de parcha por favor”. Los dos pastelillos chorrean vapor, sudan sabor. Muerdo el primero, está caliente, sabroso, exquisito. A un lado me colocan el jugo de parcha, en su vaso plástico, con el hielo flotando en el amarillento mar. La mezcla me estremece. Termino de comer, camino todo de vuelta, me detengo frente a lo que era Capri. Siento contemplar todo como si fuese una montaña. EL paisaje por momentos me parece grotesco, sin embargo, hay algo en el entre todo, entre las vísceras de las calles, entre los olores que se mezclan con el calor del asfalto. No es bonito, pero es algo que hay que sentir para jamás olvidarlo. 

viernes, 31 de agosto de 2018

Ladrón que roba a ladrón....


No la tomó por sorpresa, la estaba esperando en la esquina.  Ella llevaba los tacos altos y caminaba rápido, sintiendo el miedo pulsarle los sentidos. El miedo la rodeaba, la velaba siempre por las esquinas, por eso la sorpresa fue solo para ella. –Dame todo lo que tienes- dijo mientras le apretaba un arma en la espalda. Ella cerró los ojos, entregó todo lo que era de valor. El ladrón forcejeaba con ella, le quitaba las cosas, le arrancaba la propiedad privada. –No me mates- decía ella.  El ladrón no tenía intenciones de matarla, pero ella seguía gritando mientras se le solicitaba a punta de pistola que bajara la voz. Ella se sentía confusa, porque sentía poder dominar al ladrón que tenía la fuerza de una mujer. Pero ella estaba convencida de que una mujer no la asaltaría en plena calle. Con botín en mano el ladrón escapó. La policía se hizo esperar, permitió que a la víctima se le distorsionara el recuento, se le cruzara la lengua con la imaginación. Tropezada en sus propias palabras dio su testimonio. -Era un hombre, con voz ronca, no vi casi nada porque tenía miedo.  El oficial le pidió calma, la tranquilizó como se tranquiliza a alguien cuando se le va a dar una mala noticia. –Es difícil que demos con el paradero del delincuente, pero haremos nuestro mayor esfuerzo. Realmente eso fue una mala noticia, el esfuerzo máximo no fue ni siquiera un buen comienzo.
Los días pasaron, el delincuente siguió libre. Ella vivió más asustada que nunca, el miedo se le clavó en los huesos. No salió de su casa en mucho tiempo, porque el miedo había aumentado, su único deber en la vida era esconderse. Dejó su trabajo y se confinó en su casa. Meses más tarde la encontraron muerta. Salió en la televisión y ella misma lo vio, desde su casa, desde el escalofriante sofá. Estaba salva, ya nadie la estaría buscando, todos la darían por muerta, su nueva vida estaba por comenzar.