Bajo la mesa
Desde hace muchos años vivimos bajo
la mesa. Estamos aquí desde antes de mi primer recuerdo. La verdad es
que podemos pasear por toda la casa, sin ser percibidos, o al menos sin que nuestra
presencia importe, eso luego de haber pagado un precio justo. Lo irritante es que
no importa lo libres que seamos para andar por los cuartos, pasillos, baños, sala,
comedor, piscina siempre terminamos bajo la mesa. A modo de tortura, una gran
parte de responsabilidad cae sobre nosotros, somos los encargados de mantener el
lado sur de la lujosa mansión. Un poco de aquí un poco de allá.
Como vivir bajo la mesa presenta varios retos
y no es para nada sencillo, necesitamos uno o varios alfas que guíen la manada. Eso no hace más sencillo el modo de vida,
cada día los banquetes que se sirven sobre la
mesa son más grandes, más lujos, más golosos. Abajo, escasea la comida y las mejores
piezas las atrapan los de dientes carroñosos.
Todo lo que se sirve
en la mesa proviene de lugares
invisibles, lugares donde no existen los rostros. Es por eso que nadie sabe que o quien vive bajo la mesa. Las labores persisten, para eso es que somos
buenos. El que no tengamos rostro no es
impedimento para que se nos enseñe a hacer algo, no hay que saber demasiado para vivir bajo la mesa, el único requisito es
conformarse. Como toda comunidad de seres sin identidad, la mesa no es lugar
para todos, por eso hay tres reglas. Primera: La única forma de estar sobre la
mesa es si vas a ser la comida. Segunda: Estar bajo la mesa resuelve, a
media, la hambruna, “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Tercero: la
mesa es intocable.
Las reglas son un
tipo de jaula mental de la que no se sale ni cavando un hoyo. Así se vive bajo
la mesa, atrapando las migas y los restos de comida que caen al suelo. Al menos
tenemos que comer, a veces pienso que hasta dejan caer cosas por pena, o por
miedo a que un día no haya que comer sobre la mesa, dependen del submundo para
vivir. El único problema que nunca se ha podido resolver es la muerte de los
que vivimos aquí, calmamos el hambre con la comida que cae al suelo, pero morimos de sed. Aprovechando que el tiempo ha
realizado su trabajo, hay quienes están royendo las patas de la mesa justo por
el centro, violentando, claramente, la tercera regla. La mesa se tambalea de
vez en cuando. Lado a lado. Como la caricia de una brisa, llegan las
preocupaciones, pero se van con las palabras: “cuando suceda algo, no estaré por
todo esto”. Qué bueno por los que dicen eso, el tiempo se los lleva, mientras
otros permanecemos aquí, a expensas de los tambaleos. Inevitablemente, la
mesa caerá y nosotros aún estaremos bajo ella. Solos. Esperando a ser
aplastados, mientras intentamos huir.
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