Horizonte de sucesos
“Híper superficie frontera del tiempo-espacio, A no puede ser afectada por los eventos
que ocurren en B, los eventos de B se pueden ver afectados por lo que
ocurre en A.”
-Lado A-
Los
cuatro, frente a frente. Enfrentan su destino. Ninguna bala ha sido llamada con grito de guerra, pero se escuchan susurros. La
tensión se respira en el aire. Los dedos se ajustan a los gatillos. Rabia, ira,
temor… todos al mismo tiempo recorriendo los nervios en una dosis de
adrenalina. Las gotas resbalan por los rostros hasta llegar al suelo, solas,
esperando que algunas gotas de sangre se derramen para hacerles compañía.
Carlos, fija la mirilla en Alberto, quien reconoce, que si alguien debe morir es él. Esto por haber matado a la hija de Carlos, fue un accidente pero aún se siente culpable. Lo único que no le permite morir, es su deseo por vengarse de Matías o Padre Matías como solía llamarse al momento de oficiar la boda de Alberto. Tenía algunas cuentas pendientes, la bendición no fue lo único que le dio a la mujer del recién casado. Matías decía haberse arrepentido y ser perdonado por el Señor, aun así está más cerca del infierno, tiene como menester callar la boca de un joven que, desde pequeño, ejerció como monaguillo en misa. Pero el joven tiene otros problemas, como amenazar a punta de pistola a quien había robado a su familia causándoles una paranoia insuperable, Carlos. Con el último testimonio, el círculo queda cerrado. Cada uno en la misma ambigua disyuntiva, disparar a quien ataca o a quien se desea. Las miradas permanecen fijas. Una muerte con efecto dominó se aproxima. Se siente el calor. El sonido incrementa. El aire huele a pólvora.
Carlos, fija la mirilla en Alberto, quien reconoce, que si alguien debe morir es él. Esto por haber matado a la hija de Carlos, fue un accidente pero aún se siente culpable. Lo único que no le permite morir, es su deseo por vengarse de Matías o Padre Matías como solía llamarse al momento de oficiar la boda de Alberto. Tenía algunas cuentas pendientes, la bendición no fue lo único que le dio a la mujer del recién casado. Matías decía haberse arrepentido y ser perdonado por el Señor, aun así está más cerca del infierno, tiene como menester callar la boca de un joven que, desde pequeño, ejerció como monaguillo en misa. Pero el joven tiene otros problemas, como amenazar a punta de pistola a quien había robado a su familia causándoles una paranoia insuperable, Carlos. Con el último testimonio, el círculo queda cerrado. Cada uno en la misma ambigua disyuntiva, disparar a quien ataca o a quien se desea. Las miradas permanecen fijas. Una muerte con efecto dominó se aproxima. Se siente el calor. El sonido incrementa. El aire huele a pólvora.
-Lado B-
Cuatro
niños de distintas edades juegan a los
vaqueros, se disparan con los dedos. “Pum, pum”, se esconden tras los árboles,
tras los muros. Uno de los niños al quedarse sin balas, saca un paño blanco y suplica
por paz, así es como logra acorralarlos. Los cuatro niños se miran fijamente,
se apuntan con sus dedos. La tensión se siente en el aire. Casi se puede
percibir el olor a pólvora. Uno de los niños se desploma. Dos de ellos se
acercan a auxiliarlo, el más pequeño se sopla el dedo.
-Lado C-
¿Cómo coincidieron los ocho?- Se preguntan.
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