Dicen las malas lenguas.... y la mía que no es muy buena




Candelaria subió la cuesta con el bochinche en la lengua. La boca le salivaba a chisme con tabaco recién masticao’. Llegó a casa gritando el nombre de comay Carmen. Yo apenas era una niña cuando llegó el chisme caliente al hogar: Tatita, la hija de Carmen, estaba saliendo con Julio el hijo del compay Perfeto. Esa noticia se regó por el barrió como la pólvora, corrió como un whasapp viral, cuando ni siquiera existían. Candelaria era el facebook del pueblo, esa lengua tenía más gigas de velocidad que la red del ejército. Una vez le llegaba el chisme esmandaba cuesta arriba para llevar notificación casa por casa. Entre el ir y venir de las lenguas mal hablás, Julio y Tatita se grajeaban bajo el puente. Yo los vi algunas veces cuando bajaba con el cubo a buscar agua, pero nunca dije na’de na’, ni siquiera de los planes que tenían de fugarse. Tatita era mi hermana, y cada vez que me la encontraba me daba un dulce, ahora sé que era pa’ comprar mi silencio, pero en aquellos tiempos ni me enteraba. Pero la noche que se fueron a fugar fue un desastre, yo no sé cómo mi pai se enteró, tal vez fue por boca de vieja, pero a Julio lo corrió cuesta abajo con un machete. Y esa cuesta la volvió a subir Candelaria la mañana siguiente, y esta vez con fe de vista, porque la vieja traía incluido sistema de cámara. Ella se sentaba en el balcón y pinchaba los cachetes entre las rejas mientras veía con mala cara a todo el que subía y bajaba. Era un trabajo de bochinche a tiempo completo. Y aquella mañana vino con la última hora, venían nuevos vecinos al barrio, a mudarse al lado de casa. La noticia fue eficiente, a la semana se apareció un auto, fue la primera vez que vi un carro. Abrieron la puerta y se bajaron los soles de otoño más hermosos que haya visto jamás. De toda la familia, Winston era el más hermoso. Era un muñeco fabricado con tela suave, ojos azules y una voz dulce, que nadie en el barrio entendía, pero todas las nenas estaban locas por él. Dijo mi hermana que su acento era raro, que su voz olía a menta y que la maestra de inglés lo estaba ayudando a hablar español, pero aun así hablaba raro. Tatita se olvidó de Julio y la vieja Candelaria se olvidó del resto del pueblo, todos los chismes eran de la casa hermosa de los nuevos, del carro, del perro, de los lujos…. Esa doña sabía hasta en cuántos baños cagaba esa gente.

          Julio estaba hecho una fiera, un manojo de nervios y una bola furibunda de celos. Él seguía enamorado de Tatita, pero ella ni caso le hacía, el plan de la fuga se esfumó. Más que nunca Tatita se pasaba en casa mirando por la ventana hacia el cuarto del vecino. Y a saber lo que habrá visto, porque varias veces la pilló mami quitándose la ropa con la ventana abierta.  Papi invitó a los nuevos vecinos a casa, ellos no querían aceptar la invitación, pero papi insistió. Llegaron a la casa, papi y mami no sabían dónde ponerlos, y ellos no sabían dónde ponerse. Cuando se sentaron en la sala la señora se sentó en el borde, al filo filito del sofá. Mami le dio una taza de café y ella la agarró por la oreja con la punta de los dedos, con los otros tres dedos suspendidos con finura en el aire. Cuando fue a dar el primer sorbo giró la taza, la giraba y la giraba como si no supiera por donde tomar. Tanta vuelta le dio, que el café se enfrió. Pasamos a la mesa. Allí la señora se resolvió para morder la comida sin tocar los cubiertos con los dientes. A mí se me cayó un pedazo de mi carne, me bajé para recogerlo y allí vi el par de manos entrecruzadas, entre las piernas, dos manos manoseadas como la comida, como la grasa, como el sabor extraño que baja en cada mordisco y uno debe limpiarse el labio.
          Nadie supo nada, ellos se fueron a su casa y nosotros nos quedamos en nuestro lugar, como corresponde. Al cabo de unos meses Julio volvió a rondar por la casa, papi le soltaba al perro cada vez que lo veía entrar por la curva. Para ese mismo tiempo Winston trajo un gallo a su casa. Era un gallo marrueco, grande y estrafalario como ellos. Yo, siendo la más pequeña, tenía que limpiar las hojas del patio todas las mañanas, porque el cabrón árbol de quenepa no mudaba todas las cabronas hojas de golpe, sino que todos los días me tiraba unas pocas.  Mientras yo barría Tatita, que desde hacía un tiempo le iban diciendo Tata, se paraba en la ventana a mirar a Winston que se pasaba sin camisa echándole comida al gallo. Cuando se iba, el gallo se subía a la verja y brincaba para el patio de nosotros a cagar y a revolver la montaña de hojas que yo con gran esfuerzo había acomodado. Todos los días tenía que espantar al jodio gallo, hasta que un día me encontró barriendo las hojas con los cascos calientes. Lo vi allí en medio de las hojas, revolviéndose con un gusto que me revolvió las malas entrañas. La rabia me subió desde el piso. Agarré un peñón y se lo tiré. Hasta ahí llegó el gallo de Winston, estaba aplastado, aplastado. Lo tomé por una pata y lo tiré para la casa de ellos. Esa tarde Tata me vio y me preguntó si yo sabía que le había pasado al gallo de Winston, que se lo “habían” y que matado. Yo me hice la chiva loca.
Esa noche no pude dormir. Me sentí mal por haber matado al jodio gallo y el cargo de conciencia me despertó. Tal vez eso o un ruido raro que escuché por el patio. Bajé las escaleras asustá, con las piernas temblorosas pensando que era el gallo que había venido a vengarse de mí. Con sigilo abrí la puerta y me escabullí por debajo de la casa. El sonido era extraño y parecía venir de distintas direcciones.  Muerta del susto me asomé. Vi a Tata pegada de la verja, dando unos gritos de placentero dolor. Me preocupé y me acerqué a ver que le pasaba. Ella se puso histérica, entonces se despegó de la verja. Allí estaba Winston con un puñal blanco y erguido atravesado por el agujero de la verja y por otros. Tata parecía estar sana, ya no gritaba, y Winston se escondía el puñal dentro del pantalón. Yo empecé a gritar, todo el barrio se despertó con mis gritos. Al otro día Candelaria bajaba la cuesta en vez de subirla, porque papi la iba a picar en cantos a ella y a todos los gringos que se habían mudao’ al lao’ de casa. Nunca se habló más de eso en el barrio, ni en el pueblo. Los gringos se fueron al otro día y no fueron los únicos. El secreto se guardó hasta hoy, que ya mi padre murió. Si hubiese visto a mi hermana casarse de blanco y con el tal Winston, se hubiese muerto antes. 


F. JaBieR

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